El calendario (cuento)

Hace muchos, muchos años, existía una isla muy lejana donde la gente era feliz y vivía sin más problemas que los que la propia naturaleza pudiese causarle: frío en invierno, calor en verano, algunas enfermedades y poco más. Cada cual se levantaba de la cama a la hora que le apetecía y trabajaba o no según lo necesitaba, comía si tenía hambre y hacía una fiesta cuando quería reunirse con sus amigos. Cuando alguien moría todos iban a despedirlo sin pensar si había vivido poco o mucho tiempo, y dejaban que sus sentimientos se manifestasen libremente.
Pero un día, el jefe del poblado se dio cuenta de que cuando necesitaba pan, si el panadero ese día no quería levantarse de la cama, no podía comprarlo, así es que lo llamó y le dijo:
– A partir de ahora te ordeno que hagas pan cada día antes de salir el sol.
El panadero se quejó porque no podría descansar, a lo que el jefe del poblado le respondió que ese era su deber y tenía que cumplirlo.
Pasado el tiempo, la gente estaba contenta porque tenía pan recién hecho cada día, pero el panadero veía que él era el único que tenía una obligación que le impedía hacer lo que le apetecía, así es que fue a ver al jefe para quejarse.
– Tienes razón -le dijo el jefe- a partir de ahora todos tendrán que cumplir un horario y solo podrán hacer fiestas o descansar el día que yo lo diga.
Al principio cundió el malestar y la gente murmuraba enfadada por la decisión del jefe, pero más adelante se dieron cuenta de que, de esa forma, todos sabían lo que tenían que hacer: hoy toca trabajar, mañana es fiesta y puedo dormir, el jueves celebraremos la llegada del verano (porque también el jefe pensó que había que poner nombre a las estaciones climatológicas).
Con la ayuda del sacerdote del poblado, reflejó todo eso en un invento que llamó calendario, añadiendo también a él las obligaciones para con los dioses y espíritus.
De esa forma, poco a poco, el transcurso del tiempo se fue ordenando en el poblado. Se contaban los días que habían pasado desde el nacimiento y se hacía una fiesta cuando se cumplía un año, y así se dieron cuenta de que envejecían con los años.

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Cuando el jefe murió, su sucesor decidió que ese día se haría una ceremonia para recordarlo y no se trabajaría, así que lo añadieron al calendario, como también indicaron el día en el que se coronó al nuevo jefe. Poco a poco, cada día fue recordando a alguien o algo que el jefe pensaba que era importante.
Lo que al principio se había pensado para organizar mejor la vida de la gente, se fue transformando y cuando algo no le gustaba al jefe del poblado, modificaba el calendario y todo el mundo se veía obligado a cambiar sus actividades: si quería que se trabajase más, quitaba los días de fiesta, si estaba contento añadía un día para celebrarlo, si quería que se madrugase cambiaba el horario…
Casi sin sentirlo, la gente vio como su vida se había organizado de tal forma que ya no podían hacer nada que no estuviese previsto. Y solo eran felices los días que así lo indicaba el calendario. Y ya no podían viajar si no tocaba esos días. Y para casarse tenían que buscar entre las fechas que se lo permitían. Solo podían hacer una cosa que no estaba fijada de antemano en el calendario: morirse.
Al darse cuenta de eso, todos se revelaron contra el jefe del poblado y lo derrocaron. La gente estaba contenta porque se había librado de su tiranía y nombraron un consejo popular que, como primera decisión, abolió el calendario y acordó que todo volviese a ser como antes. Pero al poco tiempo se dieron cuenta de que, con y sin calendario, todos seguían cumpliendo los horarios, las fiestas y los días de la misma forma, porque no sabían vivir libremente o porque quizá la esencia del ser humano estaba ya marcada por el transcurso del tiempo y los hitos que a lo largo de nuestra vida sirven de referencia, y que si no están puestos en un calendario, los tenemos que poner nosotros mismos para saber que es lo que toca cada día.
Por cierto, hoy toca divertirse: feliz año.

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